"Desde que Andy Warhol convenciera a la crítica y a gran parte del público de que sus obras seriadas, reproducidas ad infinitum, eran la quintaesencia de la post-modernidad, la iteración se ha entronizado en el mundo de la pintura enmascarando la carencia de pasión y autenticidad que caracteriza el arte del último cuarto del siglo pasado y de comienzos del actual.
Acogiéndose a esta mediocre realidad, al calor de los tiempos -donde cualquier hecho se re-itera sin límite en los ámbitos mediáticos, incluyendo noticias y anécdotas insignificantes-, los artistas plásticos, una vez apagado el fuego rebelde de la creación merced a la influencia de las modas impuestas por las corrientes comerciales, han sucumbido a su vez a esta situación que es no es más que una de las consecuencias que impone el desarrollo tecnológico. Y han sucumbido por razones espurias. La razón es simple: sólo deben perseguir el logro de un cuadro. Llegar a cuajar un cuadro equivale a tener, hoy por hoy, una serie casi infinita de cuadros. Es decir, un cuadro equivale a “tener obra” cuando, en realidad, tener obra es el fruto de una entrega absoluta a la pintura a lo largo de una vida Una vez hallado el cuadro matriz, el supuesto artista modificará cada una de las obras subsiguientes para que mantenga su individualidad, es decir, para que pase por única y, ¡para cobrarla como pieza singular! Al comprador, ese detalle, no le importa. Por lo general, desconoce lo que es una obra consumada, cerrada en sí misma. Le basta con adquirir una firma y un cuadro que responda, dentro de la iteración, a la matriz que caracteriza a su autor, que se convierte, de algún modo, en algo parecido a un logo comercial. Así, el comprador medio actual, refiriéndose a la compra de un cuadro, asegura haber adquirido un Fulanito de la misma manera que alardea de la compra de un reloj aludiendo únicamente al nombre de la marca (un). Lo seriado, pasa por único. No importa que el cuadro esté clonado, replicado, plagiado ¡por su propietario! Lo importante es que lleve su firma; que tenga su logo.
Nada debemos objetar contra lo seriado en el arte cuando responde a la técnica adecuada. Para seriar arte están, de hecho, los medios de reproducción como los grabados, las serigrafías; incluso la imprenta, que nos brida en los libros, por ejemplo, realidades pictóricas de otro modo vedadas para las mayorías. El fraude radica en “seriar” pinturas llevadas a cabo con técnicas tan absolutamente individualistas e autónomas como el óleo. La trampa reside en la falta de veracidad que ha llegado a conquistar parcelas hasta hace bien poco custodiadas por los artistas más indómitos.
No obstante, existen aún pintores que, a despecho de las ventajas que el mercado de la pintura ofrece generosamente a los impostores, han elegido proseguir por el camino de la autenticidad y de la inspiración conquistadas día a día contra viento y marea. En esta línea Carmen Redondo merece ser destacada con admiración y énfasis. Sin la menor fisura, encarna el paradigma de artista que dota de sentido a su obra a través de una posición de honestidad irrevocable ante su vida y ante su caballete. Cada uno de los cuadros de Carmen Redondo es una búsqueda, una aventura, un camino. Un sendero que se recorre sorprendiéndose a cada instante con lo desconocido que surge en la mente, en el corazón y en el lienzo. Pero no es la exploración pictórica de Carmen Redondo un espacio laberíntico que pueda desembocar en el absurdo. No. Ahí radica su particularidad. Si bien parte a la búsqueda de un horizonte ignoto, cada obra va dirigida hacia un destino impreciso a primera vista, pero nítido en su desenlace. Porque el rumbo que Carmen Redondo imprime a cada obra invariablemente conduce a lo esencial. Sabemos esto cuando contemplamos sus cuadros, apaciblemente.
Artista dotada de una gran técnica pictórica, su obra, sin embargo, deliberadamente, abomina de todo ornamento inútil; no duda en restringir su paleta, y resuelve espacios frecuentemente con tintas planas y manchas de gran expresividad que combina, sorprendiéndonos, con líneas que nos trasladan a ámbitos que se encuentran más allá del lienzo. Algunos trazos, a propósito inacabados, recuerdan signos orientales que por su brevedad gestual nos sitúan en el corazón del instante en que nacieron; en un presente continuo que el espectador atisba de modo inconsciente, pero que hace virar su percepción del tiempo mientras contempla la obra, emocionado. En otras ocasiones Carmen Redondo apura las pinceladas, bruñe la obra, y nos ofrece escenarios de vieja raigambre, plenos de armonía, y en cuyo interior aparecen seres reflexivos absorbidos por el universo en el que están inmersos sin saber por qué, y al que parecen desear extirpar su secreto a fuerza de silencio.
Quiero asimismo destacar de sus cuadros el riguroso papel reservado al asombro, que es una constante de los personajes representados por Carmen Redondo. En realidad se trata de su propia perplejidad, pero transferida a los protagonistas de sus lienzos. No es un asombro ingenuo sino, al contrario, el de una mujer sabia que intuye que toda explicación posible aplicable al espectáculo del mundo no es más que un intento inútil de sofocar las dudas ante el misterio inconmensurable que nos rodea ¡y que somos!
Carmen Redondo no pinta el mundo. Difícilmente podría ser una pintora de hechuras realistas. Si acaso, de factura simbolista o surrealista. Ella pinta el modo en que nos representamos el mundo cuando recordamos, soñamos o reflexionamos, solitarios, desde un estado penumbral de la mente. No nos lo ofrece como se presenta ante nuestros ojos con todo su esplendor colorista y sus alharacas, ya que esta manifestación, dentro del marco conceptual de Carmen Redondo, no es más que la expresión de un ensueño aún más profundo que nuestros sueños nocturnos: una percepción ilusoria básica que los hindúes denominan maya.
La pintura de Carmen Redondo parte de la memoria de una verdad recóndita que persigue con ahínco. Arranca de una nostalgia honda para dirigirse hacia lo insondable.
Presumo que su aventura pictórica, afortunadamente, nunca tendrá fin. Por el camino que señalan sus pinceles hallará mil respuestas, pero el asombro natural que la posee podrá más que cualquier aquietamiento pasajero y le concederá nuevos vuelos para seguir pintando, cuadro a cuadro, en pos de la infinitud de sí misma"
BENIGNO MORILLA. Escritor